Ahora mismo, mientras usted lee esto, su empresa está conspirando para despedirle.
Esa es la realidad sociolingüística de una situación que quienes nos gobiernan y sus heraldos la pintan al revés. Tan al revés como atribuirle al gallego la pretensión futura de erigir muros, cuando ha sido víctima secular de un premeditado aislamiento. El gallego nunca construyó muros; muy a su pesar se los impusieron. No se aisló, lo aislaron.
Un anciano campesino manda llamar al notario para hacer el testamento definitivo. Dice: “De la tierra, dejo un tercio para Ramón, un tercio para María, un tercio para Concha, un tercio para Manuel, otro tercio para Andrés…” El notario le interrumpe: “Pero, ¿no serán muchos tercios?” Y el campesino responde: “¡No sabe usted lo grande que es la tierra!” Pues con las lenguas ocurre algo parecido. Que hay sitio para todas. Que no pesan en la cabeza. Que no hay lengua inútil.
Inútiles, inútiles no le somos, señor juez. Hay muchas personas que nos comunicamos normalmente en gallego y no nos consideramos del todo inútiles. Como ocurre incluso en la judicatura, unos somos menos útiles que otros, hacemos lo que podemos, pero respetamos. Eso si, tenemos una educación mínima del respeto. Nuestros padres nos acunaron, nos criaron y nos contaron cuentos en gallego para espantar el miedo. Y no eran unos inútiles, créame. Gracias a ellos, no le tengo miedo, señor juez.